martes, 19 de mayo de 2009

EL MAESTRO DE HOY

Por Susana Arroyo-Furphy
A la generación 67-69
de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros
de la Ciudad de México.
En la actualidad la palabra “maestro” tiene aplicaciones e implicaciones limitadas, generalmente se refiere a las personas que imparten clases a niños, también se emplea para referirse a alguien calificado, quien es diestro en realizar alguna actividad. En los tiempos modernos se le llama: profesor, lector, doctor, catedrático y de algunas otras formas a quienes se dedican a la enseñanza media o universitaria.
Yo quisiera apelar a la forma “maestro” para designar a toda persona que realiza una labor de enseñanza, no importa el grado que imparta. Así que les ruego a los altos rangos académicos que me disculpen y que se integren a esta modalidad pues lejos de sentirse incómodos o de un nivel menor, les puedo asegurar que al terminar de leer este artículo se sentirán muy orgullosos de llamarse “maestro”.
“Maestro”, del latín magister, magistri, tiene las siguientes acepciones en el DRAE : Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase; persona que es práctica en una materia y la maneja con desenvoltura; persona que está aprobada en un oficio mecánico o lo ejerce públicamente. Maestro de taller entre otras.

Yo quisiera referirme en estos momentos a la definición número nueve del diccionario, que es: Hombre que tenía el grado mayor en filosofía, conferido por una universidad. Y lo haré en masculino de manera genérica.
Un maestro es quien enseña, quien educa, quien forma. La educación no es quehacer exclusivo del hogar, así como la adquisición de conocimientos no es un acto que el ser humano únicamente reciba por parte de los maestros. El libro es un maestro. Quiero decir que la labor del maestro puede y debe ir más allá de la mera transmisión del saber. El maestro es una figura importante en la vida del estudiante y puede ser determinante ya sea para bien o para mal, no importa la edad del alumno ni la edad del maestro.
Hace algunos días leía en un libro sobre los valores. Me llamó la atención que la autora señala algo interesante, dice que no nos debe preocupar tanto el mundo que le dejamos a los hijos, sino los hijos que le dejamos al mundo. Considero que estos hijos siguen patrones de valores que han aprendido en la casa pero que también los imitan de sus maestros.

Recuerdo con claridad algunos maestros de mi vida tanto cuando era niña, cuando adolescente y aun de adulta. Recuerdo que la maestra del 5º. año de primaria vestía muy bien, su perfume dejaba una estela a su paso; el delicado sonido de sus tacones hacía que la reconociéramos, su pelo era impecable, pues decía que no tenía por qué dejar mal vestidas las ideas que se cubrían con su cabello. Era inteligente, graciosa, simpática y me enseñó además del amor por las letras, la admiración a las matemáticas y los quehaceres de la naturaleza, la geografía, el civismo, la historia y además me enseñó a respetar la figura del maestro. Ella se imponía en su andar, recuerdo la gracia de sus manos en el pizarrón; dejó una huella indeleble que traté de seguir a lo largo de mis años de maestra de primaria. Se llamaba Raquel.
Luego, en la etapa adolescente, no puedo olvidar la imagen de maestras impecables como Bertha Lescale Krauss o Josefina Sánchez Patiño o Guadalupe González Violante, entre otras. Todas ellas deslumbrantes. En esos tiempos no se veía tanta televisión como ahora ni tanto cine, las luminarias de la escena eran ellas y también ellos, siempre de traje y corbata: Alejandro Guerra o el inolvidable maestro de Química: Eduardo Huggo. Todos ellos en la temprana adolescencia formaron el carácter, la personalidad y la solidez de los cientos de alumnos que transcurrían por las aulas de la escuela secundaria de la Normal en la Ciudad de México. Más adelante, ya en la Profesional, el carisma del maestro Julio Llerenas o el aplomo de Javier Amezcua, siempre con camisas blanquísimas; recuerdo los puños de sus camisas con las iniciales de sus nombres bordadas.
La UNAM trae a mi memoria muchos y muy gratos recuerdos. Maestros con clase, con aplomo, dignos representantes de la lingüística, de la literatura y de la filosofía, entre otras muchas áreas. Siempre elegante y discreta surge en mi memoria la imagen de la profesora emérita Helena Beristáin quien dejara una huella indeleble en mí como persona y como profesional.
Muchas cosas suceden en los pasillos, en los jardines, en los lugares en los que los alumnos se reúnen, eso sucedía antes y sigue transcurriendo ahora. Simplemente hay que darse una vuelta por las escuelas y las universidades y se verán grupos de estudiantes murmurando. Y qué es lo que dicen. A veces hablan de la dificultad de los estudios, claro, de las tareas, del exceso de trabajo, siempre hay quejas; pero muchas veces hablan de sus maestros, de lo que les transmiten y… de algo más, mucho más que conocimientos.
Si los maestros quisieran conocer lo que los alumnos piensan de ellos se recordarían a sí mismos.
Los estudiantes son muy dados a poner nombres a los maestros, puede ser “el barco”, un maestro con el que es fácil conseguir una buena nota; “el perro” o “el ogro” con quien todo es difícil. Pero también hay nombres y comentarios hacia la apariencia. Recuerdo que un grupo de alumnos me confesó que a una colega le llamaban “la Popis” por su parecido con el personaje de televisión del programa “El Chavo del 8”.
Un maestro bien vestido, será ejemplo para sus alumnos. La sociedad no es solamente el cúmulo de conocimientos, es también una serie de comportamientos y entre ellos está el vestir adecuadamente. Hace muchos años una maestra me dijo: el maestro es ejemplo, debe presentarse a la escuela como cualquier persona que va a trabajar pero no como cualquiera pues su trabajo diario es ejemplo para los estudiantes: “no trabajamos con máquinas sino con personas, no hacemos calcetines o jabones, hacemos hombres y mujeres”. El maestro no puede ir a dar clases vestido como si fuera a arreglar el jardín. Es ejemplo para sus alumnos, un ejemplo constante de una sociedad ávida de buenos ejemplos.
Un maestro que vista con descuido ofrecerá a sus alumnos la idea de negligencia. Un maestro elegante despertará en sus alumnos el concepto de algo más que las buenas ideas o los grandes conocimientos; logrará en ellos buenas maneras y grandes valores.
El maestro que se expresa con claridad, que articula su idioma apropiadamente, que modula su voz ni tan alto que moleste a los oídos ni tan bajo que no se le escuche, que estudia su tono y su timbre para ser amable, es reconocido y agradecido por los estudiantes.
Recuerdo a una colega, profesora universitaria, Gloria Vergara, quien se maquillaba los labios antes de ir a clase, su sonrisa era más encantadora hacia los alumnos. Creo que eso lo aprecia el estudiante aunque quizá pudiera parecer superficial o imperceptible, todos tenemos recuerdos de la apariencia de nuestros maestros.
Invito al lector a hacer una encuesta. Preguntemos a nuestra pareja o algún amigo o familiar cuál es el primer recuerdo que llega a su memoria sobre algún maestro. Yo lo hice con mi esposo, Ken, y no me ha sorprendido su respuesta. Me contestó que el maestro que más le impactó tenía un aire aristocrático, era elegante y de buenas maneras, no gritaba pero se hacía escuchar y respetar. Por cierto, era maestro de literatura inglesa y de expresión en inglés, además de historia. Era, como podríamos decir, un maestro, ejemplo de actitudes y valores, un maestro de buena madera.
Felicidades a todos los maestros, a los de corazón.
Loor a ti, maestro.

Esta imagen representa el Dia del Maestro. En 1917 dos diputados presentaron ante el Congreso de la Unión para que fuera instituido el Día del Maestro y además proponían que fuera el día 15 de mayo. Siendo aprobada esta propuesta el 27 de septiembre del mismo año. La primera conmemoración del Día del Maestro en México fue el 15 de Mayo de 1918. Fotografía de Polycarpio. Médico, dedicado a la investigación biomédica.
Fotógrafo rupestre próximo a graduarse de aficionado.
Texto publicado en Hontanar
http://www.cervantespublishing.com/Hontanar/2009/Hontanar_mayo_2009.pdf